Abans de començar a escriure açò he pres la decisió que tinc tres idiomes. L’anglès per a la música, el castellà per a la literatura i el valencià per a les reivindicacions . Pequè sí, sense més, açò és així i no hi ha més. Hi hauran que dirán que és massa anglicista la meua postura cap a la música, massa espanyolista la meua possició alhora d’escriure i massa catalanista la meua forma de reivindicar-me. Em dona igual, açò és així i no hi ha cap motiu en particular, no hi han motius aparents i ni jo mateix ho sé, però m’agrada fer-ho així, o al meny això vaig a intentar. Si em jutjeu per açò us puc comrendre, però no vaig a canviar-ho: m’agrada la música en anglés, escriure en castellà i queixar-me en valencià.
Doncs bé, com anava dient, ahir de matí em vaig alçar amb eixa idea al cap, amb eixe objectiu que em va calar fort. M’abellia posar una data de caducitat a la meua estància en aquest emplaçament. I a més, això suposava seleccionar una nova destinació per a la meua persona, a un lloc concret on viure un temps. Havia de fer moltes coses i, en certa manera, deixar enrere eixa por a abandonar-ho tot. A tot açò li anava pegant voltes mentre conduia desde Castelló cap a Torrent, en mig de l’autovia jo anava col·locant-me en diferents països per vore com quedava. Em veia bé a Anglaterra, Alemanya i als Països Nòrdics.
Després d’arribar a casa, dinar i quedar amb els meus amics per prendre un cafè i contar-los la meua idea, he anat a sopar amb ma mare i després al cinema. La última de Tarantino em pareixía més que una bona opció i més coneguent els gustos de ma mare. Soparem, xerrarem una estona sobre com ens havia anat les nostres respectives setmanes i ens vam dirigir cap a la cua del cinema. I de sobte, una cosa extranya va passar. Ma mare no li va donar quasi importància, no més que un comentari. Però en canvi a mi em va marcar, va ser com si em donara compte de una cosa en la que no havia parat en tot eixe dia interioritzant que me’n anava del pais. ¿Per què em vull anar? I de sobte, en la cua del cine tot el món ho escenifica per a mi, de forma gratuïta, sense haver de pagar una entrada de teatre, gratis, for free, només per a mi.
Una parella decideix cuar-se de tot el món, decideixen atribuir-se una qualitat superior a la resta, imposar una jerarquia per damunt de la resta. I obviament la resta de la cua es queixa, comença a bramar com borregos que van dins d’un camió en direcció a la mort, queixes insistents, pujades de to que mostren un espectacle vergonyós, lamentable, aberrant. De sobte m’ensenyen l’essència de la raça humana, la idiotessa, de forma pràctica i interpretada d’una forma magistral. Em posse trist.
I avui vaig a la manifestació de pobressa cero. I la gent es queixa i escoltes coses ben tristes, lamentables, que et fan sentir-te mal, avergonyir-te de la teua estúpida doble moral. I descobreixes que tú no eres millor que eixa gent de la cua del cine, però que al menys ho saps. Eres idiota, Jaume, tan idiota com els demés.
De sobte, se m’ocurreix la contestació que haguera donat ahir al cinema a tota aquella gent, em ve al cap tot el que els haguera dit. Tot eixe silenci de tristessa, de llàstima, de vergonya.
Todo ustedes son los que haceis que quiera huir de este país de mierda. Usted, el imbecil que se cola, que se cree superior al resto, usted que impone su comodidad a la del resto, usted maldito conformista que decide convertirse en el centro del universo para imponerse. Y todos ustedes, todos los que le increpan y le insultan, no son mejores que él, son unos imbéciles, que hacen que este mundo sea una mierda. Ustedes sí, los que pueden seguir comiendo mientras ven como en las noticias salen que han vuelto a morir inmigrantes en las costas donde veranean, los que son capaces de votar a un gobierno que se hace llamar progresista y que inventa una ley de inmigración que en realidad es una basura occidental, un eufemismo para seguir condenando al hambre a otros dos tercios del planeta, a un gobierno que reduce las inversiones en I+D, ustedes capitalistas comformistas que no son capaces de salir a la calle para quejaros mientras se atraviesa una de las crisis más duras de la historia, pero en cambio salen a la defensiva cuando alguien se lescuela en el cine, ustedes que tienen la certeza de que sus políticos son unos corruptos y gastan sus impuestos en propaganda televisiva, en canal 9, ustedes que condenan al medio ambiente con cada una de sus acciones, todos, todos ustedes, son imbeciles, son la demostración de que la raza humana es estúpida, son los que hacen de este pais una mierda. Y yo también me incluyo, no crean, pero al menos lo sé, al menos eso.
Però les paraules van vindre tard i no vaig tindre el valor. I ara no sé si vull fugir, per si em trobe amb una altra banda de idiotes, perquè al cap i a la fí, si hi ha algo del que puc estar segur és de que, com a la mort, estem condemnats a ser imbècils.
- Mood:
sad
Llené tantas hojas que ya no cabía en mi habitación. Me fui al salón y también acabó rebosando palabras. Mis compañeras no pudieron entrar al piso, la puerta estaba atascada de tantas hojas que habían en el piso. Cocinar se hizo imposible, así que rara vez comía.
Y así me sentía rebosante, con tantas palabras, con tantas cosas dichas. Dormía entre mis palabras y desayunaba con ellas. Parecía no tener fin ese impulso irrefrenable de escribir palabras.
Un día me tuve que ir. Mis palabras y yo no cabíamos en ese piso. Construí una casa con aquellos montones de folios. La casa era pequeña, pero dentro de ella estaba en otro mundo, en otra esfera. Era como si al entrar en la casa, entrara también en otra dimensión, en un orden lingüístico perfecto. Lo entendía todo. Y seguía escribiendo: rinoceronte, linterna, autobús, cerilla, caramelo, intransigente.... Y la casa iba creciendo cada día más y más. Y yo cada día era más pequeño, pero a la vez más grande. Añadía habitaciones, incluso hice una casa de papel en un árbol cercano, y unas escaleras que daban a una terraza donde se veían todas las estrellas. Y por la noche le ponía nombre a todas las estrellas.
Y así es como yo, la persona más pobre del barrio consiguió la casa más grande del pueblo.
No sé, me encanta las duchas de agua fría. Es como cuando estoy contigo.
- Mood:
geeky
El mundo se disuelve ante mis ojos a diario, se desvanece, se destiñe. Hoy lo he visto con más claridad, llovía. Todo mi alrededor desfallece y la gente finge no percatarse de este hecho. A veces, hundido en profundas paranoias, creo que todos son actores y que tratan de volverme loco. Al fin y al cabo, siempre he sido actor, siempre me he escondido detrás de personajes que mi mente ha creado para que nadie me conozca. Porque no soporto mi desnudez, mis debilidades. Porque temo a la realidad.
Nunca he sido vergonzoso, simplemente no me he dejado conocer. He preferido no ser, aparentar. He preferido crear corazas infranqueables que me permitieran ser inmune a la realidad. Así he creado paraísos idílicos y me he desenvuelto con soltura entre las personas.
Quizá me falte una parte humana, tal vez he sido demasiado actor. Pero no soy un espectáculo digno, ni la gente es espectador. La gente es gente y yo nunca he sabido ver eso. Por eso, ahora que me enfrento a la realidad no encuentro el lado poético, no encuentro la belleza.
Por eso no plasmo ideas, porqué sólo veo realidad. Y busco desesperadamente algo que no llega. Y pienso en alternativas -pintura, cine, fotografía-. Pero no sé pintar, no puedo filmar y no encuentro qué fotografiar.
Rayaría un lienzo ahora mismo, pero la realidad no me deja soñar.
Hoy tengo un plan para empezar a vivir,
me digo de nuevo mientras remoloneo.
Sólo cinco minutos, sólo cinco más entre las sábanas.
Hoy tengo un plan, perfecto plan diría yo,
para empezar a asfaltar centímetro a centímetro planetas.
A medias sólo, que las otras mitades
estarán reservadas para los enamorados o para las inmobiliarias.
Hace buen día, es temprano.
Buena ocasión para madrugar y mirar si se tiene a mano
el artilugio de achicar problemas.
Cortina de humo que distraiga de ese gris de la rutina.
Del lastre de la rutina.
Hoy, hoy es un día aparente. Hoy, hoy tengo un plan.
No quiero remolonear entre las sábanas.
Que hoy tengo un plan, perfecto plan diría yo,
para empezar a triunfar.
Voy a ir al restaurante chino de Manolito Chen.
Camino de almorzarnos el domingo.
Hoy podemos ir al cine mudo de los hermanos Marx.
Hoy quiero irme de mi, sentirme solitario.
Que me lleven al zoo y le digan a Copito de Nieve:
"Mira, te presento. Este es el famoso monstruo de las galletas".
Hoy, hoy tengo un plan. Hoy, hoy tengo un plan.
Hoy es un día más que seremos o miraremos
títeres televisivos y que haremos una cínica lista
o estaremos en la cínica lista de los listos.
Mientras suenan las campanas de la catedral (ding dong).
Llamando a las confusas filas para la insurrección.
Hoy, hoy es un dia aparente. Hoy, hoy tengo un plan.
Hoy tengo un plan.
No pienso remolonear entre las sábanas.
Que tengo un plan, perfecto plan diría yo,
para empezar a triunfar.
Hoy es el dia perfecto para hacer carambola,
rizar el rizo o hacer novillos
para ilustrarnos en la enciclopedia de los mas ilustrados.
O mandar a la... a los que nos taladran: ¡compre! ¡compre!
¿Qué pasa si no quiero comprar, sólo cambiar?
¡cambio! ¡cambio!: una bola de cristal por un hueso,
un botijillo de barro pintado por un beso,
en la boca del lobo un clavel por un ramillete de ocas.
Un tapete por un dado (Pollo-pera para la galli-pava).
Hoy, hoy tengo un plan. Hoy, hoy tengo un plan.
Un pedal por un dedal
o por un vado por el que poder cruzar al otro lado.
El silencio de alguien que no quiere hablar,
por un halo de misterio.
El mejor trato por nada, al que no quiere comprar.
¡Al que no quiere comprar déjenle en paz!
Hoy, hoy tengo un plan. Hoy, hoy tengo un plan.
Hoy, hoy tengo un plan.
Y es que no puedo, no puedes pasarte la vida tirando del mundo. Pesa. Y yo necesito dejarme llevar, de nuevo, dejar que sea yo el lastre del mundo y no viceversa. Una persona no puede vivir tirando, eso no es vida.
Hace poco sentí un poco de vida, un amago de ilusión. Creí ver la magia, de nuevo. Pero no, era una estrella fugaz.
Yo nunca hablaría así de las estrellas fugaces.
(Soledad-Jorge Drexler)
Si hay algo que tiene el tiempo (al menos desde la perspectiva humana), es la subjetividad. El tiempo lo cortamos, diseccionamos, saltamos o pasamos a nuestro libre antojo. Así, a lo largo de nuestra vida nos encontramos con besos infinitos, tardes que se pasan volando tomando café con amigos o salas de espera de un hospital eternas. También nos encontramos retomando historias que sucedieron en otro tiempo como viejas amistades que reprendes pasado un largo viaje o como cuando retomas aquel viejo libro que dejaste a mitad. El tiempo se repite, se estira, se contrae o paraliza. El tiempo es cualquier cosa menos lo que vemos reflejado en un reloj.
Últimamente medito sobre mis casi veinte años de tiempo. Pienso en esta oscura, agonizante, asfixiante, desquiciante y odiosa temporada. Pienso que debe acabar, que es hora de que acabe para que el tiempo vuelva a fluir. Pienso que ya es hora de volver a reír de forma estúpida y que se pare el tiempo. Que recorra la ciudad a una velocidad frenética y acabe exhausto, sin saber nada de relojes ni del tiempo. Últimamente pienso tantas cosas. Pero vuelvo a mi oscura, agonizante, asfixiante, desquiciante yo odiosa mazmorra que es el tiempo.
Me dejé algo detrás, en el tiempo.
Empiezo a pensar que ésta frustración tiene su origen en mi estado actual. Estoy vacío, hueco. Y es el eco de mi vida lo que me asfixia y me lleva a continuos ataques de ansiedad. Por eso fumo de forma desmedida, me muevo constantemente de un lado a otro y no puedo dormirme. Porque no puedo dormirme y consentirme que haya pasado otro día tirado en el sofá, o manteniendo conversaciones banales, o dando otra vuelta estúpida a mi urbanización. Pero al final me lo consiento y me duermo. Al día siguiente me levanto cansado de llevar adelante todo esto. Mi propia apatía me está matando. Me mata proponerme metas y deshacerlas, sustituir a mis amigos por el sofá, cambiar la vida por mi vida. Y es que mi vida no es mía.
Por eso yo nunca seré el personaje de ninguna novela, película o vida. Nunca tendré esa mirada que convierte a la gente interesante en gente interesante. En todo caso podré llegar a ser el actor que protagonice otra vida, o el escritor que invente una vida ficticia a la que luego envidiar.
Quizá debería plantearme el reinventar mi vida, reescribirla, darle un giro, un cambio, una inyección de fantasía que me saque de esta realidad insulsa y apática. Tal vez debería esforzarme por salir de ese pozo que habito desde hace seis meses. Salir adelante, la gente lo hace. Debería proponerme convertirme en personaje digno de novela, aunque muera asesinado por mi pareja. Pero no tengo pareja y me da pereza levantarme del sofá y tirar del lastre de mi propia existencia.
Y en el absurdo de todo esto, de toda esa lluvia, encontrar quizás el amor. Quizás a ti. La locura no se puede explicar mediante números. Con saber que la lluvia es mar, es nubes, es yo; me conformo.
Me conformo con encontrar la paz.
Prefiero no saber qué es la lluvia. Ni de donde viene. Tampoco quiero saber qué es lo que moja.
Me conformo con que me moje a mí.
Que huela a mojado, que se saboree la tierra con el olor de la lluvia. Y que, una vez más, los caracoles salgan de paseo.
No me pueden pedir que me deshaga de los caracoles, de las historias y los besos que se dan bajo esas gotas que me transportan.
No soy capaz de imaginarme un mundo sin ti.
Esa agua que hoy riega mis plantas y mi corazón, nada tiene que ver con las previsiones que da la tele. Y el frío que un día caló en mis huesos no se puede predecir. Porque predecir sentimientos, recuerdos y caracoles es imposible.
Que la historia de la lluvia se repita. Que bailemos como indios. Que nos mojemos y la risa. Que la lluvia sea risa.
Preparé café, sin prisa, como el que prepara café sabiendo que no se hará de noche. Puse la cafetera al fuego, a fuego lento por supuesto. Pienso y camino por la cocina. Ahora entiendo por qué querías una cocina grande, para que pudiera pensar mientras esperaba a que estuviera listo el café. Una vez listo, le añadí las tres cucharadas de azúcar a la taza y lo removí sin prisa. El calor que desprendía empañó mis gafas y me parecía surrealista el hecho de que después de todo parara atención a este hecho tan insignificante.
Entonces me acordé de aquella noche. Dos amigos, una conversación sobre la canción gloomy sunday y un pacto que sellamos entre la última cerveza y el primer wisky. Aquella canción y toda su historia nos fascinaba. La canción que en 1933 había compuesto Rezső Seress era toda una leyenda. Según la leyenda, todo aquel que escuchaba gloomy sunday sentía tanta tristeza que la vida se le escapaba por la ventana más cercana. Y nosotros, en una de nuestras incoherentes noches etílicas decidimos que si algún día decidíamos abandonar este mundo, nos guiñaríamos el uno al otro el ojo y mantendríamos viva la leyenda.
Cuando he llegado a casa sonaba nuestra canción, la canción húngara del suicidio. Para entonces ya lo sabía. La crueldad con la que te habías despedido de mí, tu amigo, me ha parecido bonita, tierna y digna de un café. Y sigue sonando la voz de Billie Holiday de fondo, la fotografía de tu cadáver desde la ventana está a la altura del himno de tu defunción. Y yo todo cuanto puedo hacer es reírme. Y me estoy quedando afónico de tanto reír.
Tres días después estaba delante de un psiquiatra. Sabía que no me iba a comprender. A nosotros no solía entendernos la gente, no sabían qué le veíamos a la niebla ni a la lluvia, no le encontraban sustancia a lo que nosotros hacíamos. Y este psiquiatra no me miraba a mí, miraba a mi reflejo. Sabía que aquel hombre no conseguiría ayudarme, yo no tenía ningún problema. Venían a mí frases repetidas de forma sistemática. Yo no estaba loco, yo sólo quería caminar despacio.
Y en aquel sillón, ante aquel rostro inexpresivo me di cuenta de que antes de la meta está el camino. Tuviste que llenarte de tristeza hasta desbordarte y así, llegar a sentir Gloomy Sunday. Yo tenía que correr. Y empezó mi camino.
Salí de aquella consulta corriendo, bajando por las escaleras y tropezando con aquellos que no me conocían y me juzgaban. Y corrí hasta salir de la ciudad. Fui a los montes, corrí hasta a la luna. Y aún hubo más. Las playas, los prados, los soles y las cuevas. Todo un mundo visto fugazmente. Y, ¡Más todavía! La belleza de lo abstracto. Encontré la fealdad de la idea de belleza, la belleza de las cosas feas. La naturaleza en estado puro. Seres mitológicos, mitos olvidados.
Y entonces paré. Lo sabía, había llegado la hora de caminar despacio.
Para entonces ya entendía el idioma del viento. Hablamos, nos enamoramos, nos fusionamos. Y yo, ya viento, caminé sin prisa como la brisa de una tarde de verano. No solo fui brisa. Transporté los sueños de muchos como tú, el amor no entendía de distancias si yo estaba de por medio. Fui tempestad que se ríe de los piratas.
Y después de ser tempestad, fui la calma, la plenitud olvidada. El vacío.
Entonces volvió la canción a mí. En mi cabeza, despacito. Y fue aumentando el volumen.
Y ahora estoy aquí contigo, ya ves.
Caminando despacio. Políticos, tiranos, reyes y represores cambiando el mundo, destrozando el mundo. Y nosotros, mientras tanto, caminando despacio.
Dormir en el suelo. Magnates del petróleo, Empresarios de Wall Street, la bolsa, el indice Nikkei, el euro. Y nosotros, mientras tanto, soñando despiertos.
Y cuando pienso en el circo de mi vida no recuerdo a los leones ni a los tigres. Ya no hay magos y he dejado de ser un acróbata. No recuerdo cuando se desmoronó todo, cuando caí en aquel bucle infinito que me lleva al llanto infantil y al sabor de la tristeza. Ya no recuerdo ni uno de mis sueños.
¿Nunca lo habéis sentido? Se va, se te escapa de las manos y sabes que nunca más volverá a ti. Entonces sientes la presión del mundo. La presión de tu prisión. Te sudan las manos y estás cansado. Entonces caes. Cuando despiertas el sol ha dejado paso a las sombras y sabes que nada nunca volverá a ser como antes. Es cuando comprendes esto cuando entiendes que todo se ha acabado y relegado a ser un espectro anónimo mueres poco a poco, resignado. Cuando se acaba el frasco, cuando no queda ni una gota de esperanza, entonces, es cuando te invade todo esto.
Y mi habitación desprende hedor a muerto. Estoy vivo, lo sé. Esta mañana me he quemado preparando café. Todavía no sé si me he quemado a conciencia o ha sido un accidente. A veces necesito sentir el dolor para saber si estoy vivo. Soy eso, dolor. Es lo único que soy capaz de sentir, dolor. Ni tristeza, ni lastima. Ya nada me duele.
Anoche, oí el viento chocar contra los árboles y desperté. Pero no acabé de despertarme hasta que no me di cuenta de que estaba en la ciudad. No habían árboles donde enganchar mi esperanza para que no se la llevara el viento. Y el viento se la llevó, arrasando, erosionando y resquebrajando mi vida.
Y me sentía poderoso, sí, también ebrio de poder. Ellos no podían entrar en mis mundos. Y yo al suyo sí. Y pasaba desapercibido. Y las agresivas luces me mostraban un paisaje surrealista de la más calamitosa realidad. El tono de voz baja y los sujetos se convierten en cuerpos dominados por la cocaína y el alcohol. Y a estos sujetos nada les importa. Saben lo efímeras e insulsas que son sus vidas y tratan de llenarlas con polvo blanco. Y ya nada más importa.
Y nada importaba aquella noche. Voló mi sombrero y con él yo. Como arena de la playa que vive a diario la libertad proporcionada por el viento. Y desde esa panorámica adornada por aquellas agresivas luces y harmonizada con aquella estridente música se veía una sociedad a la que aquella noche pertenecía. Aquella sociedad que me dio una libertad dentro de cuatro paredes. Mediante un viaje etílico donde los cuerpos de la noche se degradan hasta el amanecer más vomitivo y decadente, me di cuenta de que no era esa la libertad a la que aspiraba. Volveré al teatro, y también a aquel teatro. A aquella farsa donde unos títeres sin gracia hacen que la tragedia de la vida se convierta en una risa. Y volveré porque siempre volvemos. Porque siempre nos perdemos.
Hoy la casualidad me ha hecho feliz por unos instantes. He puesto mis ojos brillantes para saborearla. Y vaya si la he saboreado. No os contaré cual ha sido la casualidad, probablemente no le deis importancia. De hecho, probablemente no sea importante. O sólo sea importante para mi, pues si los planetas se alinean para mí,¿que más os da a vosotros?. Y por momentos he sido feliz, f e l i z de verdad.
luego el calor, movimiento,
luego gota de sudor
que se hizo vapor, luego viento
que en un rincón de La Rioja
movió el aspa de un molino
mientras se pisaba el vino
que bebió tu boca roja.
Tu boca roja en la mía,
la copa que gira en mi mano,
y mientras el vino caía
supe que de algún lejano rincón
de otra galaxia,
el amor que me darías,
transformado, volvería
un día a darte las gracias
Cada uno da lo que recibe
y luego recibe lo que da,
nada es más simple,
no hay otra norma:
nada se pierde,
todo se transforma.
El vino que pagué yo,
con aquel euro italiano
que había estado en un vagón
antes de estar en mi mano,
y antes de eso en Torino
y antes de en Torino, Prato,
donde hicieron mis zapato
sobre el que caería el vino.
Zapatos que en unos horas
buscaré bajo tu cama
con las luces del aurora,
junto a tus sandalias planas
que compraste aquella vez
en Salvador de Bahía,
donde a otro diste el amor
que hoy yo, te devolvería...
Cada uno da lo que recibe
y luego recibe lo que da,
nada es más simple,
no hay otra norma:
nada se pierde,
todo se transforma.
Nos miraban de forma extraña. Como si los locos fuéramos nosotros. Qué tontos eran. Si fueran capaces de sentir una quinta parte de lo que sentía mi alma lo comprenderían todo. Pero no era así, ya os digo, eran todos tontos. Y yo me expandía y cada vez me miraban de forma más extraña. Y a ella le pasaba lo mismo.
Es difícil explicar cómo era mi prisión. No había nada que llamara al despertar de mi alma, de nuestras almas. Maquinaria pesada y muy poca luz, muy poca. Tampoco se oía nada. Parecía que querían que me volviera loco, que nos volviéramos locos. Aunque, a decir verdad, a aquella prisión ellos le llamaban normalidad. Y en la normalidad las almas están muertas, inertes. En un mundo de plástico y alquitrán donde no despierta ninguna alma. Ninguna excepto la mía, la suya, la nuestra.
Un día despertamos, sí. Y lo vimos todos claro, y no habían ya más sombras. La lógica nos llevó a huir de aquel lúgubre lugar, de aquel lúgubre mundo. Aunque no lo hicimos por la lógica. Le di a nuestro ser lo que pedía. Le di, le dio, le dimos. Le di a nuestro ser un mundo nuevo. Le di, le dio, le dimos.
Hoy, entre las miradas de la gente, nuestra vida nos pide otra cosa, acabar de desconectar, de huir.
Hoy, dejaremos de ser prisioneros de ese ajeno mundo al que pertenecemos.
Sobredosis de nosotros. Hoy, al fin seremos libres. Casualmente hoy, el día de mi muerte. Casualmente hoy, el día de nuestra muerte.
Envidio a aquel que consiguió mantener esos castillos en su alfombra. Y no polillas. Qué cosas, ayer castillos y hoy polillas. Y aplicamos naftalina a nuestra vida, y a nuestra alfombra. Nos perdimos en un mundo que no está hecho para nosotros, el mundo de la injusticia, del racismo y de todo eso que los niños nunca entenderán, que nunca entenderé. Y que sigan con sus castillos por siempre, como él hizo. Como mi miedo no me permitió hacer.
Sentado en el césped, mirando los colosos de mi alrededor, veo a un niño que juega con otro al fútbol. Los observo con la tranquilidad del otoño, rodeado de hojas marrones que combinan a la perfección con mi suéter verde. La gente pasea en bici y lee el periódico. Hoy es domingo en el cauce del río.
Sentado en el césped se ve el mundo desde otra perspectiva. Caigo en el detalle y recuerdo un experimento de mi profesora de psicología que nos invitó a subir a las mesas de la clase para ver nuestro hábitat desde otra perspectiva. Y mi hábitat, desde la perspectiva del césped, no es tan feo como de normal. En el cauce del río, los domingos no hay maleza explícita. Niños que juegan y novios que se pasean. No me cansaría de hacer fotos. Familias felices con perrito incluido, universitarios estudiando sobre el manto verde desde el que yo observo, saludos...Pero de repente noto un dolor en mi mano, alguien me ha pisado. Estaba tan ocupada llevando la cabeza en alto que no se percató de mi mano. Entonces, el amargo dolor recorre mi sangre y me hace llegar a la conclusión de que lo mires desde la perspectiva que lo mires, este mundo necesita un cambio.

